Autor: Manuel López Gascón

¡SOY INOCENTE!

Uno de los más negros nubarrones que suelen ensombrecer el ánimo de los familiares de enfermos de TP es el de la culpa.

Es una potente sensación compuesta de inseguridad, angustia y remordimientos, que resulta completamente incompatible con la acción positiva, con la felicidad, y con la capacidad de ayudar de manera efectiva a los enfermos.

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Pena, penita, pena

Los enfermos de TP encuentran numerosas dificultades para desenvolverse satisfactoriamente en la vida. Suelen tener problemas en sus relaciones sociales o para mantener un puesto de trabajo. Toleran mal la frustración y pueden comportarse de modo agresivo. Tienden a emprender multitud de proyectos que suelen terminar en otros tantos fracasos; o bien optar por una actitud pasiva. Como consecuencia de todo ello, experimentan un gran malestar que hace muy difícil que se sientan felices.

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Aprender a nadar

En una aldea costera en la que no había embarcaciones vivía un hombre que no sabía nadar. A unos 500 metros de la aldea había un islote. El hombre siempre había deseado visitar el islote, pero durante 30 años se había limitado a mirarlo desde la playa, porque nunca había intentado aprender a nadar.

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Límites para los “límites”

Del interesante artículo del Dr. Rubio, en la revista de El Volcán, me ha llamado especialmente la atención un párrafo, que por una parte rebaja las exageradas expectativas que a veces tenemos hacia los fármacos; y por otra subraya la importancia de algo que en buena medida está en nuestras manos, como familiares de los enfermos.

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